Marc Sorrel Hermitage 2023
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La prestigiosa Domaine Marc Sorrel fue fundada en 1928 por el abuelo de Marc, tras adquirir dos parcelas de viñedo en la colina de Hermitage, en el Ródano: Les Rocoules (para vino blanco) y Le Méal. Por entonces se decía que cultivar aquellas parcelas costaba más de lo que rendía. Marc Sorrel asumió después la dirección de la bodega en 1982 e impulsó considerablemente su prestigio al aprovechar oportunidades para comprar otras parcelas en los mejores emplazamientos de la colina de Hermitage: Les Greffieux y Les Bessards. Ahora es su hijo Guillaume quien se encarga de la vinificación y del futuro de Domaine Marc Sorrel.
La familia Sorrel cuida las sagradas laderas de Hermitage desde al menos 1893. Sin embargo, la bodega fue fundada oficialmente en 1928 por Félix Sorrel, notario en Tain-l'Hermitage, quien ese año adquirió unas parcelas en la ladera, especialmente en Les Rocoules y Le Méal. En la familia Sorrel, la profesión de notario pasaba de padres a hijos y, según se dice, aquellas viñas costaban más de lo que rendían. Pero el orgullo de ser viticultor pesaba más que los cálculos de los hombres de leyes.
La producción se vendió a granel hasta la década de 1970, cuando Henri Sorrel, hijo de Félix, comenzó a embotellar el vino con el apellido familiar. En 1982, Marc Sorrel asumió la gestión del patrimonio familiar, dejando atrás una carrera en la industria química y farmacéutica. Durante casi cuarenta años, este viticultor discreto y meticuloso construyó una reputación inmensa. Su padre utilizaba a veces el término Gréal en sus etiquetas, pero fue Marc quien definió las dos cuvées que grabarían el nombre de la bodega en la memoria de los aficionados: Hermitage blanc Les Rocoules y Hermitage rouge Le Gréal. En 1991, dio otro golpe maestro al adquirir cerca de dos hectáreas en Larnage, dentro de la denominación Crozes-Hermitage. Desde la anada 2019, su hijo Guillaume, formado en viticultura y enología, dirige la casa.
En la colina de Hermitage, la bodega posee un conjunto de parcelas comparable al de las grandes casas. Le Méal, corazón de la denominación, aporta unas 0,80 hectáreas para tintos y 0,20 para blancos, sobre grandes cantos rodados calizos y suelos pardos arenosos y pedregosos en la parte baja de la ladera, cálidos y generosos: allí nacen los vinos más aterciopelados y perfumados de la denominación, de viñas viejas plantadas en 1927, 1928 y 1945. Les Rocoules, de forma convexa y con sol durante todo el día, ofrece 0,60 hectáreas de variedades blancas sobre suelos calizos ricos en óxidos de hierro, sobre granito en descomposición, con cepas plantadas en 1928, en la década de 1930 y, más tarde, en la de 1950.
Justo debajo, Les Greffieux se asienta sobre calizas arenosas de carácter más terroso, con viñas más jóvenes que aportan perfume a los ensamblajes. El clos des Plantiers, un viñedo exclusivo de la familia situado al pie de la colina, añade suelos arcilloso-calcáreos más densos. Una pequeña parcela de Les Bessards, sobre granito puro, completa el conjunto. En Larnage, unos kilómetros al norte, dos hectáreas se asientan sobre las célebres tierras blancas de caolín, una arcilla clara que retiene la humedad y confiere a los vinos textura, frescura y salinidad. La Syrah ocupa las parcelas de tintos, y la Marsanne y la Roussanne, las de blancos, con numerosas viñas de más de sesenta años. El cultivo sigue los principios de la agricultura ecológica, con rendimientos extremadamente bajos, a veces de solo quince hectolitros por hectárea.
El enfoque es tradicional y no intervencionista. Para los blancos, el prensado es directo, seguido de un desfangado de cuarenta y ocho horas que separa el mosto de las partículas en suspensión. Ahí comienza la expresión aromática tan particular de los vinos de la casa. Las fermentaciones alcohólica y maloláctica tienen lugar después en barricas durante seis a ocho meses, con una crianza sobre lías finas durante parte de ese tiempo.
Tanto para los tintos como para los blancos, desde Crozes-Hermitage hasta Hermitage, la crianza se prolonga entre dieciocho y veinte meses. Un tiempo largo y necesario. El principio inquebrantable de la casa se resume en una regla: nunca utilizar barricas nuevas. Las barricas empleadas suelen tener entre tres y cuatro años, para no marcar el vino y dejar que se exprese el terruño. Es una muestra del respeto que el viticultor profesa a sus nobles suelos. Esta elección explica la limpidez y la profundidad de los vinos de Sorrel, capaces de combinar una densidad impresionante con un perfil mineral y una elegancia poco comunes, y que a menudo necesitan diez o veinte años de guarda para mostrar todo su potencial.
Hermitage Rouge Le Gréal: la gran cuvée de la bodega, cuyo nombre contrae los de los dos parajes que la componen, Les Greffieux y Le Méal. La mayor parte de la uva procede de las viñas más viejas de Le Méal, plantadas principalmente en 1927 y 1928, que aportan de forma natural una complejidad y una densidad extraordinarias, mientras que Les Greffieux añade el perfume. Un pequeño porcentaje de Marsanne suaviza y equilibra el conjunto. Valorada habitualmente con 98 puntos por la Revue du vin de France, es una de las pocas cuvées de la colina que captura tanto la estructura como la elegancia de Hermitage. No debería abrirse antes de veinte años.
Hermitage Rouge: la llamada cuvée clásica, un ensamblaje de las parcelas de Les Plantiers, Les Greffieux y Les Bessards. Menos imponente que Le Gréal, pero elaborada siguiendo el mismo modelo, ofrece una Syrah densa, especiada y profunda, con taninos firmes y una marcada estructura mineral, además de un excelente potencial de guarda. Producida en cantidades muy pequeñas, es la mejor introducción al estilo de los tintos de la casa.
Hermitage Blanc Les Rocoules: probablemente el mejor terruño para blancos de la denominación, del que Sorrel posee 0,60 hectáreas plantadas a partir de 1928. Las viñas son en un 95 % de Marsanne, y Guillaume Sorrel incorpora hasta un 15 % de Roussanne al ensamblaje final para reforzar el equilibrio y el perfume. Dotado de una fuerza telúrica, este vino cautiva por la generosa pureza de su fruta, su encanto floral y especiado, su profundidad abismal y su energía. Mineral y meloso, con una persistencia extraordinaria, se despliega serenamente, siempre en evolución. Conviene esperar veinte años.
Hermitage Blanc: la cuvée blanca clásica, elaborada con un 100 % de Marsanne de la zona de Les Greffieux, por debajo de Le Méal, a partir de viñas de unos treinta años. Ilustra el prodigioso equilibrio entre densidad y perfil mineral que los terruños de Hermitage aportan al vino. Frutas blancas, miel, flores y especias dulces componen un vino denso pero cristalino, de múltiples facetas, sostenido por una crianza deliberadamente discreta.
Crozes-Hermitage Blanc: nacido de las tierras blancas de caolín de Larnage, combina aproximadamente un 90 % de Marsanne y un 10 % de Roussanne procedentes de viñas de sesenta años, con rendimientos ínfimos de quince hectolitros por hectárea y una producción de solo tres barricas en algunas anadas. Intensos aromas de frutas bien maduras (pera, ciruela claudia, piña asada), notable cuerpo debido al caolín, que aporta textura, frescura y sabor, y un final largo y salino. Una de las mejores relaciones calidad-precio de todo el Ródano septentrional.
Crozes-Hermitage Rouge: procedente de las mismas dos hectáreas de Larnage y vinificado exactamente igual que los Hermitage, combina potencia y delicadeza de una forma poco habitual en el valle del Ródano. Frutas negras, pimienta y mineralidad propia del caolín, con una finura de taninos que le permite rivalizar con muchos vinos de la colina vecina, a un precio considerablemente más asequible.
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