La añada 1986 forma en Borgoña un año contrastado, más logrado en blancos que en tintos, marcado por las lluvias de final de temporada que favorecieron la podredumbre en las viñas más expuestas. Los blancos (Chardonnay) sacan el mejor partido de ello: ricos, amplios y sabrosos, representan el verdadero éxito de la añada, con bellas expresiones en la Côte de Beaune (Meursault, Puligny-Montrachet, Chassagne-Montrachet) y en Chablis. Los tintos (Pinot Noir), más desiguales, exigen una selección rigurosa y varían según los sectores, con algunos aciertos en la Côte de Nuits. El potencial de guarda fue sobre todo patrimonio de los blancos. La mayoría de las cuvées están hoy para beber. Situado entre el luminoso 1985 y el modesto 1987, el 1986 sigue siendo una añada de blancos, que hay que juzgar caso por caso en tinto.